Leopoldo Marechal
l
Al silbo amoroso del Viento
se oponen orejas de hierro:
las caras de hierro se miran
en duros espejos de hierro.
Ya Hesíodo ha contado y llorado
las frutas violentas del hierro.
Y el padre Virgilio,
que limaba hierro,
ya vio en profecía
la gloria del Niño
fundidor de hierro,
que nacerá de madre virgen
para que tenga Juez el hierro.
Habitante del hierro y en témporas de hierro,
yo busco el oro que vuelve
sobre llanuras de plata
fundida ya siete veces.
2
Oye lo que te digo, hermano en bruto:
si el Verbo descendiese hasta los hombres,
¿piensas tal vez que reconocería
su imagen en tu duro metal enajenado?
¿Encontraría en ti la imagen de oro
que grabó en tu substancia junto al árbol primero?
Ladrón del oro, Adán oscurecido,
¿qué has hecho de la fruta que robaste?
Las caras de hierro se miran
en fríos espejos de hierro:
yo busco el oro que vuelve
sobre llanuras de plata.
3
Y oye lo que te digo, hermano en bruto,
ladrón del oro, fugitivo Adán:
si has cambiado tu ropa de viajero
y escondido tu robo entre metales,
¡devolverás al árbol esa fruta robada!
“¿Cómo lo haría?”, me dirás.
Al silbo amoroso del Viento
se oponen orejas de hierro.
Y oye lo que te anuncio, hermano en fuga:
para que tenga Juez el hierro
debe nacer un Niño de oro.
4
Lenguas untadas con la profecía
ya dicen los asombros que vendrán.
Yo, habitante del hierro
y en témporas de
hierro,
preví las manos del Adán segundo.
Y eran manos calientes (dos palomas de sangre)
que llevaban al centro y devolvían
una fruta robada y un oro en dispersión.
Yo, Leopoldo el redento,
preví la gran astucia.
Y oye lo que te digo, hermano cruel:
en un jardín plantado hacia el Oriente,
hay un árbol que llora su despojo.
5
Ya la vieja serpiente se ha dormido en el hierro.
“¿Y quién aplastaría su cabeza?”, dirás.
Ha de nacer un Niño de oro,
para que tenga Juez el hierro:
su madre virgen lo esperaba.
Y eso es lo que te anuncio, y oye bien:
Yo, Leopoldo el redento,
preví la gran astucia,
y el teorema de Arriba
que será demostrado.
6
¿Quién es Aquella que florece
como el cedrón junto a las aguas,
rosa en lo exacto, almendra en lo inviolable,
nudo primero del acontecer?
Su madre virgen lo esperaba,
y ha de nacer un Niño de oro.
Yo, el redento, he previsto la justicia
de la segunda Eva,
y la ecuación celeste que se resolverá
por una flor en la balanza,
por una almendra sin rotura.
En un jardín plantado hacia el Oriente,
hay un árbol que llora su despojo.
Y eran manos calientes (dos palomas de sangre)
las que le devolvían una fruta robada.
7
Pero, ¿quién es Aquella,
la que pisa la luna y el dragón,
la rosa en obediencia y el cubo de la luz?
Parecerá una niña frente al ángel,
y es anterior al ángel y a su primer diseño;
parecerá una niña junto al mar,
y es anterior a todas las paciencias del agua.
Nudo gracioso del acontecer,
¡oh, Virgen en tu almendra, danos al Niño de oro!
Y oye lo que te digo, hermano cruel:
este poema es fácil como la geometría.
8
Por el número fiel de la Eva segunda
nos ha nacido este pimpollo exacto,
y este segundo Adán que vuelve al centro,
y este piadoso escándalo de Arriba.
Ladrón del oro, fugitivo Adán,
¿qué has hecho de la fruta que robaste?
Yo te anuncio al que vuelve y restituye
la fruta enajenada.
“¿Cómo lo haría Él?”, me dirás en tu hierro.
El ha de ser la fruta y ha de buscar el árbol:
El mismo ha de colgarse, por Sí mismo,
de la rama en despojo.
Y este poema es fácil como la geometría:
yo, el redento, preví la ecuación, ¡aleluya!
9
Hermano en viaje, Adán oscurecido,
te anuncio al que devuelve la fruta y su ladrón:
la fruta vuelve al Árbol y el ladrón vuelve al centro
por este Adán que nos parió la almendra,
bello y escandaloso para siempre, ¡aleluya!
10
Y ha de asumir la forma del ladrón,
para que al centro vuelvan el ladrón y la fruta:
este segundo Adán es el oro robado,
y es el primer Adán que lo devuelve.
Se desposó la tierra con el cielo, ¡aleluya!,
y este Adán es el Hijo y a la vez el Esposo.
Yo, el redento, preví la gran astucia,
o el teorema de amor que se resuelve
por la obediencia de la Rosa,
por las dos caras de su Hijo.
11
Y oye lo que te digo, hermano en fuga:
Pondrás en un mortero tu lógica de hombre,
la molerás hasta batirla en polvo
y arrojarás al viento sus átomos heridos.
Alcanzarás entonces la lógica divina,
por la cual todo es fácil
en el Cristo y su almendra.
12
Habitante del hierro y en témporas de hierro,
yo lo miro pisar la tierra exacta.
Bajo los pies del Cristo,
bajo sus dos talones puros y escandalosos,
la tierra ya no sabe si reír o llorar,
si detener su vuelo de tábano celeste,
si rendirle sus águilas y flores.
La tierra se anonada en el absurdo,
bajo aquellos talones que la hieren,
pues en el Cristo reconoce al Verbo
que la creó al nombrarla,
y es demasiado que la criatura
sostenga el peso de su Creador.
Pondrás en un mortero tu lógica de hombre:
sólo el desnudo entiende la desnudez primera.
13
Lo veo junto al mar, o surcando sus lomos
ya en la quilla mojada, ya con los pies enjutos.
Y el mar entra en el alto pavor de lo increíble,
pues en el Cristo ya miró a su Verbo,
al que le dio la espuma y el hígado furioso
y al que saló la esfera de sus aguas
como un pan levantisco.
Es demasiado que la criatura
sostenga el peso de su Creador;
y el mar que lo levanta no sabe todavía
si dormirse a sus pies, viejo león,
o templarle al oído sus vihuelas amargas
o devolverle su pescado ciego.
Todo parece fácil en el Cristo y su almendra:
si el mar lo adivinó, ya está desnudo.
14
Lo sigo bajo el cielo y su mirada.
Y el cielo que lo cubre tiembla como una flor
en el pulgar y el índice del aire;
pues en el Cristo ya conoce al Verbo
que dibujó su cúpula redonda,
que atornilló su justa mecánica de estrellas
y calculó sus polos y sus ejes.
Es demasiado que la criatura
se vea techo de su Creador.
Por eso el Cristo, abajo, es un teorema
que parece insoluble,
y el cielo, arriba, es una perplejidad combada.
15
Sólo el hombre de hierro no lo ve todavía;
y es justo, hermano en fuga, que lo ignores aún.
El Cristo es un teorema que será demostrado,
y tú mismo has de ser el compás y la escuadra.
Resolverás tú mismo la ecuación admirable,
¡oh, sin saberlo, hermano,
y aunque hieras al Cristo
ya con tu risa de flautín al alba,
ya con tu voz de cuerno a medianoche!
16
Judas cumplió ya el gesto que le fue señalado:
misterioso de oficio, ya cuelga de una rama.
Y el peso enorme de la profecía
tironea sus pies hacia el abismo;
pero, arriba, sus ojos reventados de cuervos
usan ya otra mirada.
Fruto, a su vez, de un árbol,
Judas ya está en la higuera,
misterioso de oficio, incomprensible.
17
Y el Cristo, prisionero de la Letra,
ya está enfrentado con los Hombres Letras:
con el hombre Ghimel y el hombre Thau.
Insistentes escribas le arrojan al semblante
sus gárgaras de letras:
le lloran letras o le ríen letras
(llantos de cuerno, risas de flautín).
Entre un olor de guiso de pescado
y una zumbante nube de moscas o palabras,
el Cristo es un silencio más alto que la música,
y es toda la Palabra, y anterior al sonido.
Insistentes escribas deshojan a sus pies
el árbol en otoño de la literatura.
18
Después, bajo sus telas imperiales,
El Hombre que se Lava las Manos le pregunta:
“¿Qué cosa es la Verdad?”
Y la mira de frente y no la ve,
preguntador de hierro bajo sus ropas claras.
Al silbo amoroso del Viento
se oponen orejas de hierro,
y el Cristo es el oro que vuelve
pisando llanuras de plata.
19
El Hombre que se Lava las Manos, juez de tierra,
quiere soltar al Cristo prisionero:
ya entre columnas imperiales gritan
odios de cuerno, rabias de flautín.
¡Ah, no temas, escriba de nariz exaltada!
Y oye lo que te digo, hermano cruel:
te juro que ni el hombre de la toga,
ni los hinchados bíceps del Imperio,
ni todas las astucias que medita el abismo,
ni siquiera la mano voladora del ángel
pueden soltar al Cristo prisionero.
Esa verdad te juro, y oye bien:
el Cristo es una presa
divina, entre columnas.
20
El Hombre del Imperio ya se lavó las manos:
de toda eternidad se las lavó.
Y ahora estás escupiendo, hermano en fuga,
la barba de tu Cristo,
y azotas ya su carne que brotó de la almendra,
su pulpa de mercurio trabajado.
¡Qué bien estallan en el aire digno
tus risas de flautín y tus burlas de cuerno!
Estás alegre, y con razón, hermano,
¿por qué no bailas junto al Cristo en obra?
El Cristo es un teorema que se va demostrando:
tú mismo eres ahora su compás y su escuadra.
21
Lo empujas a la cruz de los ladrones,
y ríes frente al sol, hermano ciego.
¿Qué astucia de justicia te lo sopló al oído?
Esta verdad te anuncio, escúchame:
sólo un dios puede ser crucificado,
sólo un dios es capaz de inscribirse en la cruz.
La cruz de tus ladrones era una cruz robada:
sin saberlo, tú mismo la devuelves ahora.
22
La cruz vuelve a pasar del ladrón al robado
y el Cristo ya la mira como el fruto a su rama.
Ladrón del oro, fugitivo Adán, ¿qué has hecho de la fruta
que robaste?
La fruta vuelve al árbol
por este Adán segundo
que nos parió la almendra.
23
La fruta vuelve al árbol, y el árbol a su centro.
¡Toma la cruz restituida y marcha!
¡Bien sabes el camino, Adán sin culpa!
¡Bien conoces el centro del árbol que te duele!
¡Ah, con sus dos talones puros y escandalosos,
el Cristo es un teorema que se va demostrando!
24
Este segundo Adán es el oro robado
y es el primer Adán que lo devuelve.
Oye lo que te digo, hermano en hierro:
eres tú mismo quien restituye la fruta.
Llevas tú mismo al hombro la cruz, y no lo sabes:
te diriges al centro del árbol y lo ignoras.
No ves cómo tu hierro se va trocando en plata,
según opera el Cristo que te asume.
Y eran talones puros (dos rosas castigadas)
y eran manos calientes (dos palomas de sangre)
los que se dirigían al centro con el árbol.
Y el oro caminaba, y tú detrás.
25
El Cristo es el oro que vuelve,
pisando llanuras de plata.
Ya está en el centro, y tú con Él, hermano:
ya cuelga de la cruz, y tú con Él.
Y en un jardín plantado hacia el Oriente,
un árbol ya recobra su despojo.
26
El Cristo es un teorema demostrado.
Yo lo veo en la cruz, Hombre Total:
desde sus pies hasta su frente, asume
toda la Creación en los tres mundos.
Sólo un dios puede ser crucificado:
su madre lo buscaba entre las tumbas.
27
Yo lo miro en la cruz, y tres mundos lo ven,
dulce y escandaloso para siempre:
a su derecha el sol, a su izquierda la luna,
y en el fondo una noche de cabeza de cuervo.
Espinas de su frente lo hacen rey:
es el Rey Muerto ahora, y en seguida es el Fénix
de la resurrección y el buen oro logrado.
Su madre lo buscaba entre las tumbas:
no lo encontró, ¡aleluya!
28
¡Y adiós, hermano en plata o en retorno!
¡Llora, si quieres, por el Cristo roto:
besa la flor caliente de sus llagas ahora!
Yo, Leopoldo el redento, preví la gran astucia
y el teorema celeste que nos fue demostrado
por la obediencia de la Rosa,
por las dos fases del Cordero.
Y oye lo que te digo, hermano en plata:
no volveré a llorar junto a la Cruz.**
* (Buenos Aires, 1900 - 1970) Narrador,
poeta, dramaturgo y ensayista argentino vinculado inicialmente al vanguardismo,
aunque luego se orientó hacia posturas filosóficas neoplatónicas y de carácter
nacionalista, autor de la importante novela Adán Buenosayres (1948). Convertido
al evangelio en 1960.
*http://protestantedigital.com/magacin/12618/De_catolico_a_evangelico_Leopoldo_Marechal
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